River vs. Boca

La inconclusa final de la Copa Libertadores entre los dos equipos de fútbol más populares de Argentina da cuenta de un desorden mayor. La incapacidad de organizar un evento deportivo esperado por miles de millones de personas refleja un importante deterioro institucional. Su expresión más cruda es la violencia en las calles, pero sus raíces están en la corrupción, la pérdida de mínimas reglas de convivencia y el deterioro económico. Una vez perdido el crédito de las instituciones, se desata la ira y desaparecen las mínimas reglas de convivencia.

¿Cómo andamos por casa? Nuestra realidad es distinta. El sistema político ha sido capaz de encauzar relativamente bien los desafíos sociales del país, y en las últimas décadas se ha producido una mejora muy sustancial en la calidad de vida de la población. A su vez, el clima general de convivencia es pacífico. Pero una visión demasiado autocomplaciente es peligrosa. Y me temo equivocada.

Presenciamos en Chile un creciente descrédito de instituciones públicas y privadas, un aumento en la desconfianza y un incremento gradual en los niveles de violencia -física e intelectual- en colegios, redes sociales y en el debate público. Los casos de corrupción, las injusticias que persisten en muchos ámbitos, y el esfuerzo sistemático de algunos de sembrar desencanto y división para luego cosechar de ellos constituyen un caldo de cultivo para deslizarse por una senda de la cual es muy difícil salir. Por ello, más que mofarse del drama trasandino, conviene reflexionar seriamente sobre nuestra realidad. La Real Academia Española nos ofrece tres pistas con su definición de legitimidad.

Primero, legítimo es aquello que está conforme a la ley. Toda sociedad requiere reglas para zanjar sus diferencias, y su cumplimiento es condición necesaria para convivir en paz. La trampa y la violencia como medio de acción no deben tener cabida en nuestra sociedad. Segundo, no existe legitimidad sin justicia. Un sistema político y económico no gozará de legitimidad si no es capaz de promover el desarrollo integral de todas las personas, especialmente de aquellos con menos oportunidades. Por último, la RAE define lo legítimo como aquello cierto o verdadero. Un sistema se legitima si es capaz de generar buenos resultados. Buscar acallar el grito de la calle con políticas cortoplacistas que no dan resultados, en vez de entregar soluciones verdaderas y de largo alcance a los problemas, conduce inexorablemente a la frustración. Y con ello a la violencia.

La corrupción, la injusticia, los intereses corporativistas y las malas políticas económicas destruyen las ilusiones y el capital social. Solo los necios no aprenden de la desgracia ajena. Estamos a tiempo

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