Autocomplacencia

No conozco al dirigente empresarial Juan Claro; a lo más, lo he visto una vez. Si me lo topara en la calle, difícilmente lo reconocería. Pero a través de los años he leído sus declaraciones y he admirado su hablar directo, sin recovecos, ni pelos en la lengua. El jueves, Juan Claro reapareció en la Sofofa y declaró: “Los empresarios caímos en la autocomplacencia… pasaron años en que no contribuimos y no nos hicimos cargo de algunos cambios que se veían venir.”

Tiene toda la razón.

Pero los empresarios no fueron los únicos autocomplacientes. El problema afectó, con contadas excepciones, a toda la derecha.

Luego del boom de los primeros 20 años de democracia, la derecha concluyó que era evidente que “el modelo” era un éxito. El país crecía, los indicadores sociales de la ONU mejoraban y los salarios cabalgaban a ritmos nunca vistos. Todos estaban (o parecían estar) contentos. Ya no era necesario defender al “sistema social de mercado” en foros, debates, canales de televisión, aulas y universidades. La derecha declaró victoria, y se retiró a sus tres comunas, a sus segundas viviendas, a sus colegios y universidades. Con una ingenuidad enorme, concluyó que el país seguiría prosperando con piloto automático.

Pero la historia nunca es así de simple.

No había que ser un genio para entender que “el modelo” tenía enemigos y que estos harían lo posible por socavarlo, por convencer a la ciudadanía de que las cosas estaban mal y que Chile era un país en crisis. Mientras la izquierda más radical desarrollaba una narrativa coherente –aunque distorsionada– sobre las supuestas y horribles falencias del modelo, la derecha se dedicó a disfrutar su “éxito”.

Esta derecha desvinculada y desinteresada les regaló “el relato” a sus adversarios, sin entender que, como dijo Antonio Gramsci hace casi 100 años, quien controla la narrativa triunfa en la “guerra de ideas”, y quien gana esa guerra tiene todas las de ganar la batalla ideológica y, en última instancia, llegar al poder.

El relato que instaló la izquierda radical fue el de un Chile sistemáticamente abusivo, injusto, extractivista, no democrático, especulativo, y patriarcal. En esta historia urdida por los futuros “octubristas” y defensores de la primera línea, la derecha era satanás y la Concertación, el “villano invitado”. Según esta fábula, estos dos sectores se habrían aliado para esquilmar a los débiles, endeudar a las familias y regalarle el país a mineras extranjeras que se llevan el cobre y el litio a granel, en vez de producir autos eléctricos con tecnología de punta.

Como siempre en las historias de terror, el relato tenía ciertas bases en la realidad. Entre ellas, la colusión en el papel higiénico, pollos y farmacias, y los abusos a los consumidores en La Polar. La derecha las minimizó y no se hizo cargo de las quejas ciudadanas. El que la derecha cultural se opusiera férreamente a las modernizaciones valóricas –divorcio, aborto, matrimonio gay– también ayudó a cimentar el relato de la izquierda radical entre los jóvenes.

Juan Claro dijo que la convención constituyente abría una puerta a la esperanza, y que, si se lograba un espíritu de colaboración y acuerdos, Chile podría salir del difícil trance en el que se encuentra.

Desde luego que tiene razón, pero yo veo ese escenario cada vez más lejano. Después de la apertura al dialogo de la presidenta del Senado, Yasna Provoste, no hemos visto mayores avances. Al contrario, el ambiente se ha vuelto a enrarecer.

Lo más probable es que la convención quede atrapada en una discusión bizantina, en la que los datos duros, la lógica, los antecedentes históricos y las lecciones de otros países no serán importantes para la elaboración del texto. Vislumbro una discusión en la que primarán la mala onda, el matonaje, y los argumentos espurios. Algunos convencionales serán “cancelados’, otros amedrentados y “rodeados por las movilizaciones de masas”, y los razonamientos técnicos serán descartados por representar ideas de élites.

En su magnífica trilogía La dignidad burguesa, la economista Deirdre McCloskey argumenta que las novelas inglesas de principios del siglo XIX, especialmente las de Jane Austen, ayudaron a instalar los principios del capitalismo moderno. Los personajes de Austen gozaban de una enorme popularidad, y poseían los valores de la pequeña burguesía. Eran estudiosos, tenían buenos modales, eran respetuosos, hacían mérito y trabajaban duro.

Según McCloskey, los sistemas económicos solo logran perdurar si tienen un relato coherente que les dé legitimidad. Este es, sin duda, el gran desafío de la derecha democrática: rearmar un relato persuasivo, amable, inclusivo y moderno que compita mano a mano con el relato tremendista de la izquierda radical.